Jueves, 13 de agosto de 2026
En una escena del último capítulo de la tercera temporada de House of the Dragon, Rhaenyra ordena a Alyn matar al Septón Supremo. Él duda. No es un combate ni un enemigo armado: es un acto en terreno sagrado contra una figura religiosa desarmada. La reina no le ofrece un argumento lógico cerrado. Apela a su sangre valyria, a dioses más antiguos, a una identidad superior que lo coloca por encima de las normas del Septón. Y Alyn, pese a la vacilación, ejecuta.
La escena dura poco más de un minuto, pero condensa con bastante precisión un mecanismo psicológico bien documentado en los estudios sobre radicalización violenta: el momento en que la duda moral se supera no por la razón, sino por un reencuadre identitario que la autoridad ofrece justo cuando la vacilación es más frágil.
No convence: reencuadra
Rhaenyra no argumenta que matar al Septón Supremo sea correcto. No hay silogismo. Lo que hace es cambiar el marco desde el cual Alyn interpreta el acto: de «estoy a punto de asesinar a un anciano indefenso» a «pertenezco a algo más antiguo y más grande que la norma que este acto rompe». Esto coincide con lo que Albert Bandura llamó moral disengagement (desconexión moral): mecanismos que no eliminan la moral del sujeto, sino que la desconectan temporalmente del acto concreto que va a cometer.
La identidad como palanca, no el contenido ideológico
Lo segundo, y quizá más interesante para quien estudia radicalización, es que Rhaenyra no apela a una doctrina elaborada. Apela a pertenencia: sangre, linaje, dioses «verdaderos» frente a una fe impuesta. Esto se acerca al concepto de identity fusion (fusión de identidad), acuñado por McCauley y Moskalenko: cuando la identidad personal se funde con la de un grupo o causa, los costos morales de un acto individual dejan de pesar como propios y pasan a subordinarse a la lealtad hacia ese colectivo. No es adoctrinamiento progresivo, sino un gesto puntual que activa una pertenencia que ya existía.
El empujón actúa sobre terreno ya preparado
Alyn no es un hombre cualquiera al que Rhaenyra convierte en asesino con un discurso. Ya está en su círculo, ya le debe lealtad, ya carga con una historia personal de exclusión que la nueva «identidad valyria» viene a resolver. La escena no crea la disposición a matar: la destraba.
Esto es exactamente lo que muestran los estudios de caso sobre radicalización yihadista: el discurso o encuentro que parece ser la causa de la radicalización casi nunca opera en el vacío. Suele llegar después de un proceso previo de aislamiento social, vulnerabilidad identitaria y exposición sostenida a un relato que ya venía erosionando las inhibiciones ordinarias. El «empujón final» es memorable y dramático, pero es el último eslabón, no el primero.
Conviene también diferenciarlo de otro mecanismo con el que se lo confunde fácilmente: la simple obediencia a la autoridad (el escenario clásico de Milgram). Lo de Rhaenyra y Alyn tiene un componente adicional que Milgram no capturaba: no es obediencia fría a una figura de poder, sino una redefinición de quién es Alyn. Es más cercano a la conversión identitaria que a la sumisión jerárquica, aunque ambos mecanismos casi siempre aparecen entrelazados en los casos reales.
Por qué importa distinguir esto
Entender la radicalización como una secuencia tiene consecuencias prácticas para la prevención: intervenir únicamente sobre el «discurso final» sin atender el terreno que lo hizo eficaz es tratar el síntoma más visible y no la condición que lo permitió.
Los showrunners de House of the Dragon no pretendían hacer un estudio de caso sobre radicalización. Pero la escena funciona, dramáticamente, precisamente porque reproduce con fidelidad involuntaria una estructura que la criminología lleva décadas describiendo.

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