Cada verano, cuando los incendios vuelven a ocupar titulares, reaparece una palabra casi automática: pirómano. Basta con que un fuego sea intencionado para que muchos medios atribuyan el hecho a «un pirómano», como si esa etiqueta explicara por sí sola quién está detrás del incendio.
Pero nos conviene hacernos una pregunta: ¿sabemos realmente qué significa esa palabra cuando la usamos?
Llamar pirómano a cualquier persona que provoca un incendio es una simplificación comprensible en el lenguaje cotidiano, pero profundamente inexacta. No todo incendiario es un pirómano, porque la piromanía es un trastorno clínico muy específico y, además, extraordinariamente infrecuente. La mayoría de incendios provocados responden a motivaciones que nada tienen que ver con una fascinación patológica por el fuego.
Y esto no es un detalle terminológico. Las palabras moldean cómo entendemos los problemas y, por tanto, cómo intentamos resolverlos.
La piromanía, según los criterios clínicos, implica una incapacidad para resistir el impulso de prender fuego, una tensión creciente antes del acto y una sensación de alivio o gratificación después. Además, excluye cualquier motivación instrumental: no es piromanía si el fuego se usa para obtener un beneficio económico, vengarse, encubrir otro delito o expresar un conflicto. Es un trastorno del control de impulsos, no una estrategia ni una reacción emocional dirigida.
El incendio provocado, en cambio, es una conducta delictiva que puede tener orígenes muy distintos. Detrás de un fuego intencionado puede haber una disputa vecinal, una venganza personal, un interés económico, una imprudencia grave, un episodio de impulsividad, un trastorno mental no relacionado con la piromanía o incluso la búsqueda de reconocimiento. El acto es el mismo, pero las motivaciones son radicalmente diferentes.
Y esa diferencia importa. No se previene igual un trastorno del control de impulsos que un delito planificado para obtener beneficios. No se investiga igual un incendio fruto de una disputa local que uno causado por una conducta impulsiva. Tampoco se diseñan las mismas estrategias para reducir riesgos accidentales que para intervenir en conflictos sociales que pueden acabar en agresiones contra el medio ambiente.
La criminología insiste en algo básico: comprender las causas de una conducta es el primer paso para prevenirla. Si metemos todos los incendios intencionados bajo la etiqueta «pirómano», perdemos información crucial para entender el fenómeno y para actuar sobre él.
Aquí los medios de comunicación tienen un papel relevante. No se trata de exigir precisión clínica en cada titular, sino de recordar que las etiquetas que elegimos influyen en la percepción social del delito. «Pirómano» es una palabra con una enorme fuerza narrativa: ofrece una explicación inmediata y permite señalar rápidamente a un supuesto responsable. Pero esa comodidad puede convertirse en un obstáculo para entender lo que realmente ha ocurrido.
Lo mismo sucede con otras categorías criminológicas usadas sin demasiado rigor. La sociedad necesita etiquetas para ordenar el mundo, pero la criminología existe, en buena medida, para cuestionarlas cuando dejan de explicar lo que dicen explicar.
Quizá el primer paso para abordar el problema de los incendios sea dejar de buscar únicamente «al pirómano» y empezar a analizar a los incendiarios. No hay un único perfil: hay múltiples conductas con causas distintas.
Cada incendio exige una investigación que vaya más allá del «¿quién lo hizo?». También hay que preguntarse por qué ocurrió, qué factores lo facilitaron y cómo evitar que vuelva a suceder.
La prevención empieza por comprender. Y comprender exige llamar a cada cosa por su nombre.
No todos los que queman son pirómanos. Pero todos los incendios provocados nos obligan a mirar más allá de las llamas.
Deja un comentario